
Levanté los ojos del libro, y ahí seguía él, sentado en la silla de espaldas a mí. Con una mano sujetaba su cabeza, y con la otra un lapiz que movía de un lado a otro del cuaderno sin mucha gana. Bajé de nuevo la vista y seguí a lo mío. Él se giró y se quedó observándome, en silencio. Habíamos tenido una pequeña riña, sin importancia, pero ninguno de los dos estaba dispuesto e ceder.
Notaba su mirada como un puñal. Alcé de nuevo la mirada y entonces él se levantó de la silla. Tenía un gesto de enfado infantil, con el ceño fruncido y los labios dibujando una fina linea. Sus gestos eran duros, cuadrados. Entonces dió un paso, y otro más. Se agachó y apoyó las manos en el sofá, a ambos lados de mis piernas. Entonces nuestros ojos quedaron a la misma altura. Los suyos eran verdes, intensos y brillantes, y se reflejaban perfectamente en los mios, oscuros y ahora bastante húmedos. Aparté la mirada.
-No pienso seguir así, mírame.
No quería mirarle, sabía que era una tontería lo que había pasado, pero no pensaba dar mi brazo a torcer.
-Te he dicho que me mires.
Le miré. Ya no tenía ese gesto de enfado, en su lugar sus labios dibujaban una media sonrisa, y sus ojos me miraban con dulzura. Sujetó mi cabeza entre sus dos manos y acercó sus labios a los mios, rozándolos con suavidad. Me resistí apenas un segundo y entonces abrí un poco la boca. Me besó en la mejilla.
-Te quiero.
-Lo sé.
Recorrió la linea de mi espalda con sus dedos y cuando llegó a la cintura me sujetó con fuerza y tiró de mí hacia arriba.
Empezó por mi hombro derecho hasta el cuello, a besarme y darme pequeños mordisquitos. sabía que eso me volvía loca. Entonces llegó a mi oreja. Con voz ronca y muy bajito susurro las palabras secretas. Entonces sonreí, le agarré del pelo y tiré del él hacia mí.
-Bésame.
no tuve que esperar mucho para notar sus labios contra los mios. Nuestras lenguas empezaron a jugar, y sus manos no paraban de acariciarme. Empezamos a quitarnos la ropa y a besarnos cada vez con más ansia.
Tenía el pene como una roca, erguido y duro. Me arrodillé y me lo metí en la boca, hasta la garganta. Lo chupaba con ganas, siempre me ha gustado chupar pollas, sé que lo hago bien. Rodeaba con mi lengua su capullo y me la metía de nuevo hasta adentro. cada vez estaba más dura y él cada vez más tenso. Pasé su glande por mis labios, poniendo morritos como si me pintase los labios con él y lo succionaba con delicadeza. Entonces puse sus manos en mi cabeza y él empezó a follarme la boca cada vez más fuerte. Sabía que no le quedaba mucho para correrse, asique le paré y aparte sus manos y encajé su polla entre mis dos pechos. Cada vez que su polla subía entraba en mi boca. Me sujetó las tetas con fuerza y entonces se corrió. Sin duda soy buena chupándola.


